ESP
miércoles, 28 de junio de 2017
Derechos del lector
Visitas 2
- Por: Francisco
derechos

A continuación te mostramos en archivo adjunto los derechos del lector elaborados por Daniel Pennac.

Pasemos al lector.

Porque, más instructiva aún que nuestra manera de tratar nuestros libros, es nuestra manera de leerlos.

En materia de lectura, nosotros, «lectores», nos per­mitimos todos los derechos, comenzando por aquellos que negamos a los jóvenes a los que pretendemos iniciar en la lectura.

 

4) El derecho a releer.

1) El derecho a no leer.

2) El derecho a saltarnos las páginas.

3) El derecho a no terminar un libro.

5) El derecho a leer cualquier cosa.

6) El derecho al bovarismo.

7) El derecho a leer en cualquier sitio.

8) El derecho a hojear.

9) El derecho a leer en voz al la.

10) El derecho a callarnos.

 

Me limitaré arbitrariamente al número 10, en primer lugar porque es un número redondo, y después porque es el número sagrado de los famosos Mandamientos y es divertido verlo utilizado por una vez para una lista de autorizaciones.

            Porque si queremos que mi hijo, que mi hija, que la juventud lea, es urgente que les concedamos los dere­chos que nosotros nos permitimos.

 IV. El cómo se leerá

(o los derechos imprescriptibles del lector)

 

 1 El derecho a no leer

 Como toda enumeración de derechos que se precie, la de los derechos de la lectura debe abrirse por el dere­cho a no utilizarlo -en este caso el derecho a no leer-, sin el cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa perversa.

Para comenzar, la mayor parte de los lectores se con­ceden cotidianamente el derecho a no leer. Aunque afecte a nuestra reputación, entre un buen libro y un mal telefilm, el segundo vence al primero con mucha mayor frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además, no leemos continuamente. Nuestros períodos de lectura se alternan muchas veces con prolongadas dietas en las que la sola visión de un libro despierta los miasmas de la in­digestión.

Pero lo más importante es otra cosa.

Estamos rodeados de cantidad de personas total­mente respetables, a veces tituladas, e incluso «eminen­tes» -algunas de las cuales poseen bibliotecas muy inte­resantes-, pero que no leen jamás, o tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de regalarles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen demasiadas cosas que hacer aparte de leer (pero eso equivale a lo mismo, es que ese aparte las colma o las ob­nubila), sea porque alimentan otro amor y lo viven de una manera absolutamente exclusiva. En suma, a esas personas no les gusta leer. No por ello son menos trata­bles, e incluso son de un trato muy agradable. (Por lo menos no nos piden en cualquier momento nuestra opi­nión sobre el último libro que hemos leído, nos evitan sus reservas irónicas sobre nuestro novelista favorito y no nos consideran unos retrasados por no habernos pre­cipitado sobre el último Tal, que acaba de salir en la edi­torial Cual y del que el crítico Enterado ha hecho los mayores elogios.) Son tan «humanas» como nosotros, ab­solutamente sensibles a las desdichas del mundo, preocu­padas de los «derechos del Hombre» y entregadas a res­petarlo en su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho, pero hete aquí que no leen. Son muy libres de no hacerlo.

La idea de que la lectura «humaniza al hombre» es justa en su conjunto, aunque experimente algunas depri­mentes excepciones. Se es sin duda algo más «humano», y entendemos por ello algo más solidario con la especie (algo menos «fiera»), después de haber leído a Chéjov que antes.

Pero evitemos acompañar este teorema con el corola­rio según el cual cualquier individuo que no lee debiera ser considerado a priori un bruto potencial o un cretino contumaz. Porque, si no, convertiremos la lectura en una obligación moral, y esto es el comienzo de una escalada que no tardará en llevarnos a juzgar, por ejemplo, la «moralidad» de los propios libros en función de criterios que no sentirán ningún respeto por otra libertad inalie­nable: la libertad de crear. A partir de entonces, el bruto seremos nosotros, por muy «lector» que seamos. Y bien sabe Dios que brutos de este tipo no faltan en el mundo.

En otras palabras, la libertad de escribir no puede ir acompañada del deber de leer.

En el fondo, el deber de educar consiste, al enseñar a los niños a leer, al iniciarlos en la Literatura, en darles los medios de juzgar libremente si sienten o no la «nece­sidad de los libros». Porque si bien se puede admitir per­fectamente que un individuo rechace la lectura, es into­lerable que sea -o se crea-rechazado por ella.

Es inmensamente triste, una soledad en la soledad, ser excluido de los libros..., incluso de aquellos de los que se puede prescindir.

 El derecho a saltarse las páginas

 Leí Guerra y paz por primera vez a los doce o trece años (más bien trece, estaba en quinto y nada adelan­tado). Desde el comienzo de las vacaciones, las de ve­rano, veía a mi hermano (el mismo de Vinieron las llu­vias) enfrascado en una enorme novela, y su mirada se volvía tan lejana como la del explorador que desde hace muchísimo tiempo ha perdido la noción de su tierra natal.

-¿Es muy bueno?

-¡Formidable!

-¿Qué explica?

- La historia de una chica que quiere a un tipo y se casa con un tercero.

Mi hermano siempre ha poseído el don de los resú­menes. Si los editores lo contrataran para redactar sus «contraportadas» (esas patéticas exhortaciones a leer que aparecen en el dorso de los libros), nos ahorraría muchísimos camelos.

-¿Me lo prestas?

-Te lo doy.

Yo estudiaba interno, era un regalo inestimable. Dos grandes tomos que me mantendrían en calor durante todo el trimestre. Cinco años mayor que yo, mi hermano no era completamente idiota (y tampoco lo es ahora) y sabía perfectamente que Guerra y paz no podía ser redu­cida a una historia de amor, por bien montada que estu­viera. Sólo que conocía mi predilección por las pasiones sentimentales, y sabía excitar mi curiosidad con la for­mulación enigmática de sus resúmenes. (Un «pedagogo», en mi opinión.) Creo que fue el misterio aritmético de su frase lo que me hizo cambiar temporalmente mis Biblio­theque verte, rouge et or, y demás Signes de piste para arrojarme a esa novela. «Una chica que quiere a un tipo y que se casa con un tercero»..., no veo cómo habría po­dido resistirme, En realidad, no me sentí decepcionado, aunque se hubiera equivocado en su cálculo. En la prác­tica, éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el prín­cipe Andrés, aquel golfo de Anatole (pero ¿podía lla­marse a aquello amor?), Pedro Bezujov y yo. Como yo no tenía ninguna posibilidad, tuve que «identificarme» con los demás. (Pero no con Anatole, ¡un auténtico cerdo!)

Lectura mucho más deliciosa en la medida en que se desarrolló de noche, a la luz de una linterna de bolsillo, y debajo de mis mantas plantadas como una tienda en me­dio de un dormitorio de cincuenta soñadores, roncado­res y demás patanes. La tienda del vigilante donde crepi­taba la lamparilla estaba muy cerca, pero daba igual, en amor siempre es el todo por el todo. Todavía siento el grosor y el peso de aquellos volúmenes en mis manos. Era la versión de bolsillo, con la bonita cara de Audrey Hepburn que miraba a un principesco Mel Ferrer con los pesados párpados de rapaz enamorado. Me salté tres cuartas partes del libro para interesarme únicamente por el corazón de Natacha. Me compadecí de Anatole, de todos modos, cuando le amputaron la pierna, maldije al es­túpido del príncipe Andrés por quedarse de pie delante de aquella bala de cañón, en la batalla de Borodino... «Pero échate, por Dios, échate al suelo, va a estallar, no puedes hacerle esto, ¡ella te ama!»)... Me interesé por el amor y por las batallas y me salté los asuntos de política y de estrategia... Como las teorías de Clausewitz queda­ban muy por encima de mis entendederas, lo confieso, me salté las teorías de Clausewitz... Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de Pedro Bezujov y su mujer Helena «antipática», Helena, la encontraba realmente «antipática»...) y dejé a solas a Tolstoi disertando sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna.

Me salté páginas, vaya.

Y todos los chiquillos deberían hacer lo mismo.

       Mediante ello podrían regalarse muy pronto con casi todas las maravillas consideradas inaccesibles para su edad.

Si tienen ganas de leer Moby Dick pero se desaniman ante las disquisiciones de Melville sobre el material y las técnicas de la caza de la ballena, no es preciso que re­nuncien a su lectura sino que se las salten, que salten por encima de esas páginas y persigan a Achab sin preocu­parse del resto, ¡de la misma manera que él persigue su blanca razón de vivir y de morir! Si quieren conocer a Iván, Dimitri, Aliocha Karamazov y su increíble padre, que abran y que lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, aunque tengan que saltarse el testamento del sta­rets Zósimo o la leyenda del Gran Inquisidor.

Un gran peligro les acecha si no deciden por sí mis­mos lo que está a su alcance saltándose las páginas que elijan: otros lo harán en su lugar. Se apoderarán de lasgrandes tijeras de la imbecilidad y cortarán todo lo que consideren demasiado «difícil» para ellos. Eso da unos resultados terribles. Moby Dick o Los miserables reduci­dos a unos resúmenes de 150 páginas, mutilados, destro­zados, desmedrados, momificados, ¡reescritos para ellos en una lengua famélica que se supone que es la suya! Algo así como si yo me pusiera a dibujar de nuevo Guer­nica bajo el pretexto de que Picasso metió allí demasia­dos brochazos para un ojo de doce o trece años.

Y luego, incluso cuando somos «mayores», y aunque nos repugne confesado, también nos seguimos «saltando páginas», por unas razones que sólo nos conciernen a no­sotros y al libro que leemos. También puede ser que nos lo prohibamos por completo, que leamos todo hasta la última palabra, estimando que aquí el autor se extiende demasiado, que aquí se permite un solo de flauta pasa­blemente gratuito, que en tal lugar cae en la repetición y en tal otro en la idiotez. Digamos lo que digamos, este testarudo aburrimiento que entonces nos imponemos no corresponde al orden del deber, es una categoría de nuestro placer de lector.

 3 El derecho a no terminar un libro

 Hay treinta y seis mil motivos para abandonar una no­vela antes del final: la sensación de ya leída, una historia que no nos engancha, nuestra desaprobación total a las tesis del autor, un estilo que nos pone los pelos de punta, o por el contrario una ausencia de escritura que no es compensada por ninguna razón de seguir adelante... Inú­til enumerar las 35.995 restantes, entre las cuales hay que colocar sin embargo la caries dental, las persecucio­nes de nuestro jefe de oficina o un seísmo amoroso que petrifica nuestra cabeza.

¿El libro se nos cae de las manos?

Que se caiga.

Al fin y al cabo no todo el mundo puede ser Montes­quieu para ofrecerse por encargo al consuelo de una hora de lectura.

Sin embargo, entre todas las razones que tenemos para abandonar una lectura, hay una que merece cierta reflexión: el vago sentimiento de una derrota. He abierto, he leído, y no he tardado en sentirme sumergido por algo que notaba más fuerte que yo. He concentrado mis neu­ronas, me he peleado con el texto, pero imposible, por más que tenga la sensación de que lo que está escrito allí merece ser leído, no entiendo nada –o tan poco que es igual a nada-, noto una “extrañeza” que me resulta impenetrable.

Lo dejo estar.

O, mejor dicho lo dejo a un lado. Lo coloco en mi biblioteca con la vaga intención de insistir algún día el Petersburgo de Andrei Biela, Joyce y su Ulises, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, me han esperado durante años. Hay otros que me siguen esperando, algunos de los cuales probablemente no recuperaré jamás. No es un drama, así es la vida. La noción de “madurez” es algo extraño en materia de lectura. Hasta una determinada edad no tenemos edad para determinadas lecturas, de acuerdo. Pero, contrariamente a las buenas botellas, los buenos libros no envejecen. Nos aguardan en nuestros estantes y somos nosotros quienes envejecemos. Cuando nos creemos suficientemente “maduros” para leerlos, los abordamos de nuevo. Entonces, una de dos: o se produce el encuentro, o es un nuevo fiasco. Es posible que lo intentemos una vez más, quizás no. Pero está claro que no es culpa de Thomas Mann que yo no haya podido, hasta ahora, alcanzar la cumbre de su Montaña Mágica.

La gran novela que se nos resiste no es necesariamente más difícil que otras…, existe entre ella –por grande que sea- y nosotros –por aptos para “entenderla” que nos estimemos- una reacción química que no funciona. Un buen día simpatizamos con la obra de Borges que hasta entonces nos mantenía a distancia, pero permanecemos toda nuestra vida extraños a la de Musil…

Entonces tenemos dos opciones: o pensar que es culpa nuestra, que nos falta una casilla, que albergamos una parte irreductible de estupidez, o hurgar del lado de la noción muy controvertida de gusto e intentar estable­cer el mapa de los nuestros.

Es prudente recomendar a nuestros hijos esta se­gunda solución.

Y más aún cuando puede ofrecer un placer excepcio­nal: releer entendiendo al fin por qué no nos gusta. Y otro placer excepcional: escuchar sin emoción al pe­dante de turno berrearnos al oído:

      - Pero ¿cóoooomo es posible que no le guste Sten­dhaaaaal?

      Es posible.

 4 El derecho a releer

 Releer lo que me había ahuyentado una primera vez, releer sin saltarme un párrafo, releer desde otro ángulo, releer por comprobación, sí... nos concedemos todos es­tos derechos.

Pero sobre todo releemos gratuitamente, por el pla­cer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la comprobación de la intimidad.

«Más, más», decía el niño que fuimos... Nuestras re­lecturas de adultos participan de ese deseo: encantarnos con lo que permanece, y encontrado en cada ocasión tan rico en nuevos deslumbramientos.

 El derecho a leer cualquier cosa

 A propósito del «gusto», algunos de mis alumnos su­fren mucho cuando se encuentran delante del archiclá­sico tema de redacción: «¿Se puede hablar de buenas y de malas novelas?» Como bajo su apariencia de «yo no hago concesiones», son más bien amables, en lugar de abordar el aspecto literario del problema, lo tratan desde un punto de vista ético y sólo consideran la cuestión desde el ángulo de las libertades. De resultas, el conjunto de sus trabajos podría resumirse con esta fórmula: «¡No, no, uno tiene derecho a escribir lo que quiera, y todos los gustos de los lectores son naturales, faltaría más!» Sí..., sí, sí..., posición totalmente honorable.

Que no impide que haya buenas y malas novelas. Se pueden citar nombres, se pueden dar pruebas.

Para ser breve, vayamos al grano: digamos que existe lo que llamaré una «literatura industrial» que se contenta con reproducir hasta la saciedad los mismos tipos de re­latos, despacha estereotipos a granel, comercia con bue­nos sentimientos y sensaciones fuertes, se lanza sobre to­dos los pretextos ofrecidos por la actualidad para parir una ficción de circunstancias, se entrega a «estudios de mercado» para vender, según la «coyuntura», tal o cual tipo de «producto» que se supone excita a talo cual cate­goría de lectores.

Sin lugar a dudas, malas novelas.

      ¿Por qué? Porque no dependen de la creación sino de la reproducción de «formas» preestablecidas, porque son una empresa de simplificación (es decir, de mentira), cuando la novela es arte de la verdad (es decir, de com­plejidad), porque al apelar a nuestro automatismo ador­mecen nuestra curiosidad, y finalmente, y sobre todo, porque el autor no se encuentra en ellas, así como tam­poco la realidad que pretende describirnos.

En suma, una literatura del «prêt a disfrutar», hecha en moldes y que querría meternos en un molde.

No creamos que estas idioteces son un fenómeno re­ciente, vinculado a la industrialización del libro. En abso­luto. La explotación de lo sensacional, de la obrita inge­niosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor no es cosa de ayer. Por citar únicamente dos ejemplos, tanto la novela de caballerías como, mucho tiempo después, el romanticismo se empantanaron ahí. Y como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura des­viada nos dio dos de las más hermosas novelas del mundo: Don Quijote y Madame Bovary.

Así pues, hay «buenas» y «malas» novelas.

Las más de las veces comenzamos a tropezarnos en nuestro camino con las segundas.

Y, caramba, tengo la sensación de haberlo pasado «formidablemente bien» cuando me tocó pasar por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, ni pusieron los ojos en blanco, ni me trataron de cretino. Se limitaron a colocar a mi paso algunas «buenas» novelas cuidándose muy bien de prohibirme las demás.

A eso lo llamo sabiduría.

Durante cierto tiempo, leemos indiscriminadamente las buenas y las malas, de la misma manera que no re­nunciamos de la noche a la mañana a nuestras lecturas infantiles. Todo se mezcla. Salimos de Guerra y paz para volver a sumergirnos en la Bibliotheque verte. Pasamos de la colección Harlequin (historias de médicos guapos y de enfermeras entregadas) a Borís Pasternak y su Doc­tor Zhivago..., un médico guapo también y Lara, ¡una en­fermera de lo más entregado!

Y después, cierto día, vence Pasternak. Sin darnos cuenta, nuestros deseos nos llevan a la frecuentación de los «buenos». Buscamos escritores, buscamos escrituras; se acabaron los meros compañeros de juego, reclama­mos camaradas del alma. La mera anécdota ya no nos basta. Ha llegado el momento de que pidamos a la novela algo más que la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones.

Una de las grandes alegrías del «pedagogo» es -siem­pre que esté autorizada cualquier lectura- ver cómo un alumno cierra por su cuenta de un portazo la puerta de la fábrica Best-seller para subir a respirar a casa del amigo Balzac.

  6 El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual)

Eso es, grosso modo, el bovarismo, la satisfacción in­mediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imagina­ción brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube, se producen identificaciones por do­quier, y el cerebro confunde (momentáneamente) lo co­tidiano con lo novelesco.

Es nuestro primer estado colectivo de lector.

Delicioso.

Pero bastante pavoroso para el observador adulto que, casi siempre, se apresura a agitar un «buen título» bajo las narices del joven bovariano, gritando:

-Bueno, supongo que Maupassant es «mejor», ¿no?

Calma..., no cedamos al bovarismo; digámonos que, a fin de cuentas, la propia Emma no era más que un perso­naje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave sólo engen­draban los efectos -por verdaderos que fueran - desea­dos por Flaubert.

En otras palabras, no porque una joven coleccione novelas rosas acabará tragándose un cucharón de ar­sénico.

Forzarle la mano en esta fase de sus lecturas significa separarnos de ella renegando de nuestra propia adoles­cencia. Y también privarla del placer incomparable de desalojar mañana, y por sí misma, los estereotipos que, hoy, parecen arrojarla fuera de ella.

Es de sabios reconciliarnos con nuestra adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar el adoles­cente que fuimos es en sí una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como enfermedad mortal.

De ahí la necesidad de acordarnos de nuestras prime­ras emociones de lectores, y de levantar un altarcito a nuestras antiguas lecturas. Incluidas las más «estúpidas». Desempeñan un papel inestimable: conmovernos de lo que fuimos riéndonos de lo que nos conmovía. No hay duda de que los muchachos y las muchachas que com­parten nuestra vida ganan con ello en respeto y en ternura.

Y luego decirse también que el bovarismo es -junto con algunas más- la cosa mejor repartida del mundo: siempre la descubrimos en el otro. No es extraño que a la vez que vilipendiamos la estupidez de las lecturas ado­lescentes, colaboremos en el éxito de un escritor telegé­nico, del que nos burlaremos tan pronto como haya pa­sado de moda. _as modas literarias se explican amplia­mente por esta alternancia de nuestros entusiasmos iluminados y de nuestros repudios perspicaces.

Jamás crédulos, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es el otro.

Emma debía de compartir esta convicción.

 7 El derecho a leer en cualquier lugar

 Châlons-sur-Marne, invierno de 1971.

Cuartel de la Academia de Artillería.

                        En el reparto matutino de faenas, el soldado de se­gunda clase Fulano (Matrícula 14672/1, perfectamente conocido por nuestros servicios) se presenta sistemática­mente como voluntario para la faena menos solicitada, la más ingrata, distribuida casi siempre a título de castigo y que atenta a la más alta honorabilidad: la legendaria, la infamante, la innombrable faena de letrinas.

Todas las mañanas.

Con la misma sonrisa. (Interior.)

-¿Faena de letrinas?

Adelanta un paso:

-¡Fulano!

Con la gravedad última que precede al asalto, em­puña la escoba de la que cuelga la bayeta, como si se tra­tara del banderín de la compañía, y desaparece, con gran alivio de la tropa. Es un valiente: nadie le sigue. El ejér­cito entero sigue emboscado en la trinchera de las faenas honorables.

Pasan las horas. Le creen perdido. Casi se han olvi­dado de él. Se olvidan. Reaparece, sin embargo, al final de la mañana, cuadrándose para el parte al brigada de la compañía: «¡Letrinas impecables, mi brigada!». El brigada recupera bayeta y escoba con una honda interrogación en los ojos que jamás llega a formular. (Obligado por el respeto humano.) El soldado saluda, media vuelta, se re­tira, llevándose consigo su secreto.

El secreto tiene un peso considerable dentro del bol­sillo derecho de su traje de faena: 1.900 páginas del volu­men que la Pléiade dedica a las obras completas de Nico­lás Gógol. Un cuarto de hora de bayeta a cambio de una mañana de Gógol... Cada mañana durante los dos meses de invierno, confortablemente sentado en la sala de los retretes cerrada con siete llaves, el soldado Fulano vuela muy por encima de las contingencias militares. ¡Todo Gógol! De las nostálgicas Veladas de Ucrania a los dester­nillantes Cuentos petersburgueses, pasando por el terrible Tarás Bulba, y el negro sarcasmo de Las almas muertas, sin olvidar el teatro y la correspondencia de Gógol, ese increíble Tartufo.

Porque Gógol es un Tartufo que hubiera inventado a Moliere -cosa que el soldado Fulano jamás habría enten­dido de haber dejado esta faena para los demás.

Al ejército le gusta conmemorar los hechos de armas.

De éste, sólo quedan dos alejandrinos, grabados en la parte superior de una cisterna, y que se cuentan entre los más suntuosos de la poesía francesa:

 Oui je peux sans mentir, assieds-toi, pédagogue,

Affirmer avoir lu tout mon Gogol aux gogues.1

 l. «Sí, puedo sin mentir, siéntate, pedagogo,

 afirmar haber leído todo mi Gógol en las letrinas.» (N. del T.)

 (Por su parte, el viejo Clemenceau, «el Tigre», tam­bién él un famoso soldado, daba gracias a un estreñi­miento crónico, sin el cual, afirmaba, jamás habría te­nido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.)

8 El derecho a hojear

Yo hojeo, nosotros hojeamos, dejémosles hojear.

Es la autorización que nos concedemos para coger cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo por cualquier lugar y sumirnos en él un momento porque sólo disponemos precisamente de ese momento. Algunos libros se prestan mejor que otros a ser hojeados, por componerse de textos breves y separados: las obras com­pletas de Alphonse Allais o de Woody Allen, las novelas cortas de Kafka o de Saki, los Papiers collés de Georges Perros, aquel buen viejo de La Rochefoucauld, y la mayo­ría de los poetas...

Dicho eso, se puede abrir a Proust, a Shakespeare o la correspondencia de Raymond Chandler por cualquier parte, hojear aquí y allá, sin correr el menor riesgo de sentirse decepcionado.

Cuando no se dispone ni del tiempo ni de los medios para regalarse con una semana en Venecia, ¿por qué ne­garse el derecho a pasar allí cinco minutos?

9 El derecho a leer en voz alta

 Yo le pregunto:

-¿Te leían historias en voz alta cuando eras pe­queña?

Ella me contesta:

-Jamás. Mi padre viajaba con mucha frecuencia y mi madre estaba demasiado ocupada.

Yo le pregunto:

- Entonces, ¿de dónde te viene este gusto por la lec­tura en voz alta?

Ella me contesta:

- De la escuela.

Contento de oír que alguien reconoce un mérito a la escuela, exclamo, lleno de alegría:

-¡Ah! ¿Lo ves?

           Ella me dice:

- En absoluto. En la escuela nos prohibían la lectura en voz alta. La lectura silenciosa ya era el credo de la época. Directo del ojo al cerebro. Transcripción instan­tánea. Rapidez, eficacia. Con un test de comprensión cada diez líneas. ¡La religión del análisis y del comenta­rio desde el primer momento! ¡La mayoría de los chava­les se cagaban de miedo, y sólo era el principio! Todas mis respuestas eran exactas, por si quieres saberlo, pero, de vuelta en casa, lo releía todo en voz alta.

-¿Por qué?

            -Para maravillarme. Las palabras pronunciadas co­menzaban a existir fuera de mí, vivían realmente. Y, ade­más, me parecía que era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba mis muñecas en mi cama, en mi sitio, y yo les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.

La escucho..., la escucho, y me parece oír a Dylan Thomas, borracho como la desesperación, leyendo sus poemas con su voz catedralicia...

La escucho y me parece ver al viejo Dickens, al enjuto y pálido Dickens, muy cerca de la muerte, subir al esce­nario..., su gran público de iletrados repentinamente pe­trificado, silencioso hasta el punto de que se oye abrir el libro..., Oliver Twist..., la muerte de Nancy..., ¡nos leerá la muerte de Nancy!...

La escucho y oigo a Kafka riéndose hasta llorar al leer La metamorfosis a Max Brod, que no está seguro de se­guirle..., y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecer grandes fragmentos de su Frankenstein a Percy y a los compañe­ros hechizados.

La escucho, y aparece Martin du Gard leyendo a Gide sus Thibault..., pero Gide no parece oírle..., están senta­dos al borde de un río... Martin du Gard lee, pero la mi­rada de Gide no está allí..., los ojos de Gide se dirigen a la lejanía, donde dos adolescentes se zambullen..., una per­fección que el agua viste de luz... Martin du Gard está fu­rioso..., pero no, ha leído bien..., y Gide lo ha entendido todo... y Gide le dice todo lo bueno que piensa de sus pá­ginas..., pero, de todos modos, quizá convendría modifi­car esto y aquello, aquí y allí...

Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía en voz, alta... Dostoievski, sin aliento, después de haber aullado su requisitoria contra Raskolnikov (o Dimitri Karamazov, ya no sé)... Dos­toievski preguntando a Anna Grigorievna, la esposa este­nógrafa: «¿Qué? ¿Cuál es tu opinión? ¿Eh? ¿Eh?»

ANNA: ¡Culpable!

Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa...: «¿Qué? ¿Qué?»

      ANNA: ¡Inocente!

 Sí...

 ¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta. ¿Qué habría pensado de esto Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las pala­bras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido? ¿Acaso no sabe como nadie, él, que pe­leó tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, que el sentido es algo que se pro­nuncia? ¿Cómo? ¿Textos mudos para espíritus puros? ¡A mí, Rabelais! ¡A mí, Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos berreado res de sentido, aquí inmediata­mente! ¡Venid a soplar en nuestros libros! ¡Nuestras pala­bras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida!

La verdad es que el silencio del texto es cómodo..., no se arriesga en él la muerte de Dickens, a quien sus médi­cos suplicaban que callara al fin sus novelas..., el texto y uno mismo..., todas esas palabras amordazadas en la aco­gedora cocina de nuestra inteligencia..., ¡cómo se siente alguien en esta silenciosa elaboración de nuestros co­mentarios!... y después, al juzgar el libro para nuestros adentros, no corremos el riesgo de ser juzgados por él... porque, a partir de que la voz se mezcla, el libro dice mu­chas cosas sobre su lector..., el libro lo dice todo.

El hombre que lee en viva voz se expone del todo. Si no sabe lo que lee, es ignorante en sus palabras, es una calamidad, yeso se nota. Si se niega a habitar su lectura, las palabras no pasan de letras muertas, yeso se siente. Si llena el texto con su presencia, el autor se retracta, es un número de circo, yeso se ve. El hombre que lee en viva voz se expone absolutamente a los ojos que lo es­cuchan.

Si lee realmente, si pone en ello su saber controlando su placer, si su lectura es un acto de simpatía tanto para el auditorio como para el texto y su autor, si consigue ha­cer entender la necesidad de escribir despertando nues­tras más oscuras necesidades de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la multitud de los que se creían excluidos de la lectura se precipita detrás de él.

 10 El derecho a callarnos

 El hombre construye casas porque está vivo, pero es­cribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupo porque es gregario, pero lee porque se sabe solo. Esta lectura es para él una compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra pero que ninguna otra compañía podría sustituir. No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino pero teje una apretada red de connivencias que expresan la paradójica dicha de vivir a la vez que iluminan la ab­surdidad trágica de la vida. De manera que nuestras razo­nes para leer son tan extrañas corno nuestras razones para vivir. Y nadie tiene poderes para pedirnos cuentas sobre esa intimidad.

Los escasos adultos que me han dado de leer se han borrado siempre delante de los libros y se han cuidado mucho de preguntarme qué había entendido en ellos. A ésos, evidentemente, hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, yo les dedico estas páginas.

 

(D. Pennac: Como una novela)

Dosatic S.L. © 2017
Site desarrollado por DYNAMO 3.5

Política de Privacidad