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miércoles, 28 de junio de 2017
Miguel Hernández
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- Por: Francisco
MH

Vamos a ir colocando materiales para su uso en los cursos por los alumnos y profesores en relación de la figura del poeta Miguel Hernández.

* Materiales de EDEBE en relación al libro sacado para su centenario.

* Enlace con una página de poemas.

El día 23 realizaremos un recital de poemas por etapas.

Una página interesante: http://usuarios.multimania.es/mhernandez/viento.htm

Aquí ponemos algunas poesías

      EL NIÑO YUNTERO

    Carne de yugo, ha nacido
    más humillado que bello,
    con el cuello perseguido
    por el yugo para el cuello.

    Nace, como la herramienta,
    a los golpes destinado,
    de una tierra descontenta
    y un insatisfecho arado.

    Entre estiércol puro y vivo
    de vacas, trae a la vida
    un alma color de olivo
    vieja ya y encallecida.

    Empieza a vivir, y empieza
    a morir de punta a punta
    levantando la corteza
    de su madre con la yunta.

    Empieza a sentir, y siente
    la vida como una guerra,
    y a dar fatigosamente
    en los huesos de la tierra.

    Contar sus años no sabe,
    y ya sabe que el sudor
    es una corona grave
    de sal para el labrador.

    Trabaja, y mientras trabaja
    masculinamente serio,
    se unge de lluvia y se alhaja
    de carne de cementerio.

    A fuerza de golpes, fuerte,
    y a fuerza de sol, bruñido,
    con una ambición de muerte
    despedaza un pan reñido.

    Cada nuevo día es
    más raíz, menos criatura,
    que escucha bajo sus pies
    la voz de la sepultura.

    Y como raíz se hunde
    en la tierra lentamente
    para que la tierra inunde
    de paz y panes su frente.

    Me duele este niño hambriento
    como una grandiosa espina,
    y su vivir ceniciento
    revuelve mi alma de encina.

    Lo veo arar los rastrojos,
    y devorar un mendrugo,
    y declarar con los ojos
    que por qué es carne de yugo.

    Me da su arado en el pecho,
    y su vida en la garganta,
    y sufro viendo el barbecho
    tan grande bajo su planta.

    ¿Quién salvará este chiquillo
    menor que un grano de avena?
    ¿De dónde saldrá el martillo
    verdugo de esta cadena?

    Que salga del corazón
    de los hombre jornaleros,
    que antes de ser hombres son
    y han sido niños yunteros.

        ACEITUNEROS

      Andaluces de Jaén,
      aceituneros altivos,
      decidme en el alma: ¿quién,
      quién levantó los olivos?

      No los levantó la nada,
      ni el dinero, ni el señor,
      sino la tierra callada,
      el trabajo y el sudor.

      Unidos al agua pura
      y a los planetas unidos,
      los tres dieron la hermosura
      de los troncos retorcidos.

      Levántate, olivo cano,
      dijeron al pie del viento.
      Y el olivo alzó una mano
      poderosa de cimiento.

      Andaluces de Jaén,
      aceituneros altivos,
      decidme en el alma, ¿quién
      amamantó los olivos?

      Vuestra sangre, vuestra vida,
      no la del explotador
      que se enriqueció en la herida
      generosa de sudor.

      No la del terrateniente
      que os sepultó en la pobreza,
      que os pisoteó la frente,
      que os redujo la cabeza.

      Árboles que vuestro afán
      consagró al centro del día
      eran principio de un pan
      que sólo el otro comía.

      ¡Cuántos siglos de aceituna,
      los pies y las manos presos,
      sol a sol y luna a luna,
      pesan sobre vuestros huesos!

      Andaluces de Jaén,
      aceituneros altivos,
      pregunta mi alma: ¿de quién,
      de quién son estos olivos?

      Jaén, levántate brava
      sobre tus piedras lunares,
      no vayas a ser esclava
      con todos tus olivares.

      Dentro de la claridad
      del aceite y sus aromas,
      indican tu libertad
      la libertad de las lomas.

          (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)



        Yo quiero ser llorando el hortelano
        de la tierra que ocupas y estercolas,
        compañero del alma, tan temprano.

        Alimentando lluvias, caracolas
        y órganos mi dolor sin instrumento,
        a las desalentadas amapolas

        daré tu corazón por alimento.
        Tanto dolor se agrupa en mi costado,
        que por doler me duele hasta el aliento.

        Un manotazo duro, un golpe helado,
        un hachazo invisible y homicida,
        un empujón brutal te ha derribado.

        No hay extensión más grande que mi herida,
        lloro mi desventura y sus conjuntos
        y siento más tu muerte que mi vida.

        Ando sobre rastrojos de difuntos,
        y sin calor de nadie y sin consuelo
        voy de mi corazón a mis asuntos.

        Temprano levantó la muerte el vuelo,
        temprano madrugó la madrugada,
        temprano estás rodando por el suelo.

        No perdono a la muerte enamorada,
        no perdono a la vida desatenta,
        no perdono a la tierra ni a la nada.

        En mis manos levanto una tormenta
        de piedras, rayos y hachas estridentes
        sedienta de catástrofes y hambrienta.

        Quiero escarbar la tierra con los dientes,
        quiero apartar la tierra parte a parte
        a dentelladas secas y calientes.

        Quiero minar la tierra hasta encontrarte
        y besarte la noble calavera
        y desamordazarte y regresarte.

        Volverás a mi huerto y a mi higuera:
        por los altos andamios de las flores
        pajareará tu alma colmenera

        de angelicales ceras y labores.
        Volverás al arrullo de las rejas
        de los enamorados labradores.

        Alegrarás la sombra de mis cejas,
        y tu sangre se irán a cada lado
        disputando tu novia y las abejas.

        Tu corazón, ya terciopelo ajado,
        llama a un campo de almendras espumosas
        mi avariciosa voz de enamorado.

        A las aladas almas de las rosas
        del almendro de nata te requiero,
        que tenemos que hablar de muchas cosas,
        compañero del alma, compañero.

        (10 de enero de 1936)


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